16 enero, 2013

Cosas que pasan

Aquellas, como yo, mas de 40,  recordarán otro tiempos donde ser lesbianas, gay, homosexuales, tortilleras o putos, como solían llamarnos (todavía hay quien lo hace), era complicado..., engorroso...,prohibido..., fuera de la "LEY".
En una oportunidad, para poder vernos con mi novia, nos encontramos en  un parque de Buenos Aires, eramos pendejas y nos costaba un esfuerzo controlar la temperatura de nuestros cuerpos, solo queríamos tocarnos, sacarnos la ropa, estar una encima de la otra y tener todo el tiempo del mundo para hacernos el amor. 
El lugar estaba atestado de gente por donde miraras, no había espacios libres; estaba atardeciendo en un verano con mucho calor.
Se nos habían agotado todos los recursos (mentiras y otras yerbas) conocidos; su familia y la mía nos tenían acorraladas, la onda amiguitas no les cabía, nos perseguían con sus sospechas, se habían puesto de acuerdo para no permitirnos vernos, y ya habían pasado varios días desde la última vez que estuvimos juntas.
Necesitaba, me desesperaba por perderme en su piel con mis manos, en su boca con mi lengua, o, aunque sea,  descansar en sus ojos. Así se nos ocurrió la alternativa del parque, y ahí nos encontramos.
Caminamos juntas, muy cerca, rozándonos, buscando un lugar, un sitio donde poder expresar lo que sentíamos, aquello que nos explotaba del cuerpo , se nos salía, aunque nos dijeran que estaba mal, que no era correcto, que era enfermo, pero que no podíamos manejarlo, y que el simple echo de ignorarlo, dolía.
Al final, en la última línea de árboles, encontramos un lugar, escondido, casi íntimo, donde, por fin, poder besarnos, y