14 febrero, 2013

"La vida...y yo"


Llegué a Buenos Aires, desde un pueblo del interior del país, con la edad necesaria para comenzar el secundario. 
Fue un cambio brusco, acrecentado por mi inocencia e ingenuidad, que me convertían constantemente en el blanco de todas las bromas de mis compañeros de escuela.
Más allá, de esa inocencia y porque no pajuerismo, con la necesidad de agradar y pertenecer al nuevo círculo de vida que me había tocado vivir, salí con algunos chicos aunque no todos me gustaban; pero en ese momento era lógico seguir la corriente.
En mi entorno familiar era la nena de mamá y papá. Mi vida, después de la escuela, giraba alrededor de cada novela de amor que transmitieran por la tele. Estoy convencida que en esa época me las vi todas,  incluso una donde Marilina Y Arnaldo se besaban,  no pretenderán que yo no estuviera confundida jajajaja. 
Teniendo eso en cuenta, no es tan loco pensar en un príncipe azul, o que  cada mujer tenía derecho a vivir una historia de amor romántica, novelesca: y que solo era cuestión de esperar que ese hombre maravilloso entrara en su vida y con un beso la cambiara para siempre. 
A esta altura, se imaginarán que la palabra lesbiana, no tenía un lugar en mi vocabulario, no tenía ni puta idea que existiera, mucho menos su significado. Creía saber lo que significaba ser "maricón" (con respeto lo digo), conocía la homosexualidad masculina, de lo que no estaba enterada era que también existía la homosexualidad femenina, así andaba yo por esta vida.
Y así, entre estupidez, ingenuidad, y porque no,  entre novela y novela,  mi vida cambió.
Fui creciendo mi adolescencia en un barrio de Buenos Aires, de esos barrios donde todas las casas son iguales, bajas, con techos rojos a dos aguas, mucho patio para jugar a la sombra de los árboles frutales, donde todos nos conocíamos, por lo tanto, todos éramos hijos de todos. En ese barrio tan bello y amado, de la nada misma encontré mi amor, mi príncipe, mi hombre. 
 El hombre de mis sueños de repente tenía cara y mis besos en la almohada, al fin  tenían dueño.
Apareció una tarde.
Surgió en mi vida transformado en una hermosa mujer, (¡no sean guachos!, no era un travesti) de la que me enamoré perdidamente, sin saber nada más, sin pensar ni racionalizarlo. 

¿Les cuento?