01 marzo, 2013

II PARTE

Y si, por la tarde fui a su casa, esa tarde y muchas más.
Escuché el ruido que hace la puerta al cerrarse, abrí los ojos y sin moverme de la cama, me permití por bastante tiempo, quedar envuelta, abrazada  por cada sensación, reviviendo ese momento una y otra vez. Estaba feliz, no cabía dentro de mi cuerpo, hubiera salido corriendo hasta su casa solamente para que vuelva a besarme de esa manera, y quería saber besarla y que sintiera lo mismo que me hacía sentir.
Vivíamos muy cerca, solo nos separaban dos calles, podía estar ahí en pocos segundos, pero no podía salir de mi cama, mi alma, mi mente, mi boca recordaba lo sentido y se negaba a dejar de hacerlo, sin que algunas de mis capacidades pudiera evitarlo, estaba anulada para cualquier cosa que no fuera sentir. Y también, tengo que admitir que estaba aterrada ¿Qué le digo? ¿Qué me va a decir?
Al fin me decidí, no tardé un minuto, sino varios, recorrí muy lentamente la distancia que nos separaba mientras se iba ocultando el sol, en una hermosa y muy calurosa tarde de verano. Llegué a la puerta de la casa, ella vivía con sus tíos y un primo, no hizo falta que tocara el timbre, abrió la puerta antes de hacerlo, me esperaba…, me miraba…, me pareció infinito ese instante donde nada se decía, estaba tan nerviosa que parecía que mis manos y mis brazos me sobraban, porque no sabía dónde ponerlos. Se acercó buscó mi boca, muy suavemente, me volvió a besar, de esa forma que solo ella podía hacerlo.
A partir de ese momento, separarnos cada noche era un sacrificio, nos empezabamos a despedir una hora antes, porque ese era el tiempo que demorábamos en acompañarnos una y otra vez hasta nuestras casas, no podíamos alejarnos. En ese trayecto tantas veces recorrido, hablábamos, nos reíamos, nos abrazábamos y besábamos. Cada noche, nos íbamos a dormir, cada una con una carta de la otra, para reafirmar lo que sentíamos y para que las horas que estábamos separadas, se acortaran, o simplemente para decirnos que nos amábamos, y que este amor era maravilloso, y hasta ese momento, lo mejor que nos había pasado. Nunca tuvimos en cuenta que estábamos rodeadas de casas, de vecinos, esas casas tenían ventanas, y no importa que hora de la noche fuera, siempre detrás de alguna ventana había una vecina mirando.
Vivía en un estado de felicidad constante, se me había pegado una sonrisa en la cara que no podía ni quería sacar. No me había tomado el tiempo para pensar si lo que hacía estaba bien o no. La vida me había dado lo que tanto pedía. Si ese amor usaba pantalones o minifaldas, nada significaba. Amor es Amor, acá y en la China, pero… siempre hay un pero…, que yo creyera eso, no significaba que todos creyeran o pensaran lo mismo, mirá vos!!! Pensar que me creía dueña de la verdad, no por soberbia, quizá, podríamos llamarlo ignorancia.
Así fue transcurriendo el tiempo, más de dos años, y en la medida en que este pasaba, se acrecentaba el sonido de unos murmullos, que comenzaron de a poco a convertirse en gritos, cada vez que juntas o separadas, caminábamos por ese barrio que nos vió crecer.
Ahí, en ese momento, aprendí el significado de la palabra “lesbianas”, pero nunca entendí el significado de la palabra tortilleras, igual ya no me importa.
En mi casa las cosas estaban un tanto extrañas, no me trataban como siempre, más que nada mi papá,  él siempre fue muy afectuoso conmigo,  de repente su trato era distante, no me hacía chistes o caricias, no me daba a probar en la boca las cosas ricas que cocinaba. Mi vieja, con ella nunca nos llevamos del todo, así que, si me trataba diferente o no, no lo sé, estaba acostumbrada a eso. Mi abuela era la única que me trataba con el amor de siempre, cuando me sentía perdida en mis afectos, cuando no encontraba mi Norte, me bastaba encontrar sus ojos celestes, dulces, tiernos, y pícaros, para saber que estaba a salvo, estaba en casa.
Una mañana estaba haciendo algo en el lavadero, no recuerdo que, entró mi viejo hecho una furia, traía un papel en la mano, y lo agitaba violentamente, mientras me gritaba DECIME QUE NO SOS VOS, DECIME QUE FUE ELLA. POR FAVOR DECIME QUE NO SOS VOS, y lo seguía repitiendo y gritando mientras se le caían las lágrimas. Me tiró, con mucha bronca, casi con odio, una piña a la cara, que obviamente nunca llegó porque me desfiguraba, solo atinó a arrojarme el papel y se fue. Temblando, (nunca, jamás lo había visto así, y todavía hoy pagaría por no haberlo visto) recogí el papel, era la carta que esa noche le iba a entregar a ella, después de escribirla la había dejado en el bolsillo de un pantalón.
Mi abuela no estaba, solo me quedó correr con mi mamá, la encontré en su habitación, sentada en uno de los bordes de la cama, me senté en el piso, apoyando la espalda contra su cama, mientras intentaba, entre lágrimas, mocos y sollozos, explicarle, de que entendiera, que no era mi culpa, no era premeditado, no me lo propuse, solo me sucedió, que me había enamorado, que estaba feliz, que nunca me había sentido de esa manera, que si yo amaba y me amaban con la misma intensidad no podía ser un problema; que ella tenía que entenderme por que eramos las únicas mujeres en una casa de hombres; lo único que me contestó fue, hablá con tu padre, se hace  lo que él decida.
Ahí quedé, echa un harapo, temerosa, sola, no me dirigían la palabra, llena de incertidumbre, de dudas, ¿qué hice mal? ¿Por qué había pasado, en un instante, de ser la nena mimada de mi papá, a ser una completa extraña? ¿Por qué mis hermanos se burlaban de mí? ¿Por qué los vecinos me decían cosas horribles o se me acercaban con malicia? Y fundamentalmente ¿Por qué no me permitían verla para contarle lo que me estaba pasando?
Al fin, mi viejo me habló, lo primero que me dijo es que no me atreviera a llorar, y que solo tenía que escuchar, que no podía opinar.
Se habían tomado el trabajo, mi familia, de decidir el resto de mi vida, y yo solo tenía que escuchar y obedecer.
Empezó diciendo que él no había criado una hija para que le salga “tortillera”, que, él, se veía llevándome al altar, poniendo mis manos en las manos de un buen hombre, y se veía siendo abuelo de mis hijos, a los que él iba adorar, como me “había” adorado a mí. Pero que esto que le había hecho no tenía perdón, que estaba todo decidido y que el miércoles por la noche, esto fue un domingo por la mañana muy temprano, salía mi vuelo hacia el sur.
Empezaba una nueva vida con mi hermano mayor; él vivía en ese momento con su señora en Comodoro Rivadavia.
Antes de continuar con el relato, quiero pedirles, aunque sea impropio, y no muy fácil de hacer: no lo juzguen, por favor. Él hizo lo mejor que pudo en ese momento. Tienen que saber que si mi viejo no hubiera existido, mi vida no habría sido, jamás, tan bella.
Describir lo que sentí en ese momento es básicamente imposible, no me alcanzarían todas las palabras de todos los idiomas habidos y por haber, solo podía llorar, llorar y preparar las valijas y meter todo dentro de mi almita para llevármelo, ¡que chiquita que era mi alma!
Veía pasar los minutos, las horas, y junto con ellas, los días. Crecía mi angustia y mi desesperación. Me sentía desolada, sola, nadie en mi familia me hablaba, mi abuela, mi salvadora no regresaba, y el tiempo, caprichoso, no se detenía.
Llegó el día, luego…, llegó la hora.
El avión salía por la noche, y me tomaba dos horas llegar hasta el aeropuerto, me acompañó, mejor dicho, me llevó mi viejo; subimos al colectivo, me ubiqué en uno de los asientos de dos que estaban libres, y me dolió verlo sentarse muy lejos  mío, en un asiento único. ¿Sentía tanta vergüenza de mí que no podíamos compartir un asiento?
Una vez dentro del aeropuerto, me indicó que hacer y donde dirigirme, me dijo chau, dió media vuelta y se fue.

2 comentarios:

  1. Obviamente, esta historia aún no termina. Gracias a todos los que se tomaron el tiempo para leerla

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  2. Anónimo6/25/2013

    Muy lindo e impreciónamte

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