Llegué a Buenos Aires, desde un
pueblo del interior del país, con la edad necesaria para comenzar el
secundario.
Fue un cambio brusco,
acrecentado por mi inocencia e ingenuidad, que me convertían constantemente en
el blanco de todas las bromas de mis compañeros de escuela.
Más allá, de esa inocencia y
porque no pajuerismo, con la necesidad de agradar y pertenecer al nuevo círculo
de vida que me había tocado vivir, salí con algunos chicos aunque no todos me
gustaban; pero en ese momento era lógico seguir la corriente.
En mi entorno familiar era la
nena de mamá y papá. Mi vida, después de la escuela, giraba alrededor de cada
novela de amor que transmitieran por la tele. Estoy convencida que en esa época
me las vi todas, incluso una donde Marilina Y Arnaldo se besaban,
no pretenderán que yo no estuviera confundida jajajaja.
Teniendo eso en cuenta, no es
tan loco pensar en un príncipe azul, o que cada mujer tenía
derecho a vivir una historia de amor romántica, novelesca: y que solo era cuestión
de esperar que ese hombre maravilloso entrara en su vida y con un beso la
cambiara para siempre.
A esta altura, se imaginarán
que la palabra lesbiana, no tenía un lugar en mi vocabulario, no tenía ni puta
idea que existiera, mucho menos su significado. Creía saber lo que significaba
ser "maricón" (con respeto lo digo), conocía la homosexualidad
masculina, de lo que no estaba enterada era que también existía la
homosexualidad femenina, así andaba yo por esta vida.
Y así, entre estupidez,
ingenuidad, y porque no, entre novela y novela, mi vida cambió.
Fui creciendo mi adolescencia
en un barrio de Buenos Aires, de esos barrios donde todas las casas son
iguales, bajas, con techos rojos a dos aguas, mucho patio para jugar a la
sombra de los árboles frutales, donde todos nos conocíamos, por lo tanto,
todos éramos hijos de todos. En ese barrio tan bello y amado, de la nada misma
encontré mi amor, mi príncipe, mi hombre.
El hombre de mis sueños
de repente tenía cara y mis besos en la almohada, al fin tenían dueño.
Apareció una tarde.
Surgió en mi vida transformado
en una hermosa mujer, (¡no sean guachos!, no era un travesti) de
la que me enamoré perdidamente, sin saber nada más, sin pensar ni racionalizarlo.
Estaba en el último año de
secundario, y ya hacía algunos años que, también, trabajaba, uno de esos
trabajos de medio tiempo, pero, me gustaba y me servía, siempre me gustó
tener mis cosas, no depender de nadie, al
menos económicamente hablando, y así comencé a trabajar como recepcionista en
un consultorio médico, obviamente que me permitían hacerlo porque quedaba muy
cerca de mi casa, a la vuelta para ser exactos. En esa calle se había formado
un pequeño centro comercial. El negocio pegado al consultorio era un kiosco
familiar y por la tarde lo atendía la sobrina del dueño.
Soy una gran fumadora, no lo
digo con orgullo, por lo tanto ese local me venía muy bien.
Todas las tardes, después de la
escuela, abría el consultorio, organizaba el trabajo del día, con los turnos
programados o las demandas del día, terminado eso, y si no había pacientes
esperando, aprovechaba a fumar un cigarrillo en la vereda, casi siempre
coincidía con ella (no le voy a poner nombre todavía), la sobrina que atendía
el local por la tarde, nos saludábamos, y ella siempre tenía tema
de conversación, se reía mucho, y me hacía muchas preguntas, no recuerdo
esas charlas, pero si recuerdo lo nerviosa que me ponía, y muchas veces no
entendía lo que me quería decir, no obstante, no podía dejar de salir a la
vereda para ver si estaba. Así pasamos bastante tiempo.
Una de las tantas veces, me
falló la rutina, no estaba en la vereda esperándome como siempre y con la
excusa de comprar cigarrillos entré al negocio, y ahí estaba ella... toda
sonrisa, se desarmaba para prestar atención a lo que un flaco le decía. A mí ni
me registró, quería salir corriendo de ahí, pero no daba. Esperé a que
terminaran de insinuarse, halagarse, seducirse, pedí mi paquete de puchos,
con mi mejor cara de ojete, y salí tan rápido, que estoy segura que hice
viento.
No sé si puedo expresar lo que
sentí en ese momento, era muy nuevo para mí, creo que odio, odié al flaco por
querer seducirla, y la odié a ella por permitírselo. ¿Con qué derecho? Con
ninguno.
Sentía un sabor amargo en la
boca, y desde algún lugar muy profundo, dentro mío, se iba armando una
gigantesca ola de lágrimas que no logré contener, ni explicar, iban acompañadas
con grandes sollozos ahogados, dolidos, mi cuerpo se sacudía, se desarmaba, y
en la misma medida me inundaba un dolor diferente a todo lo que hasta ese
momento conocía. Sentía miedo... bronca, ¿odio?
Me tenía que defender, todo mi
ser me lo pedía, no podía volver a exponerme a sentir eso, por lo tanto, hice
algunos cambios de hábitos, el fundamental, era no volver a encontrarme con ella,
supongo que no quería que supiera de mi dolor, o mi odio, por que, hasta ahí,
yo nada sabía.
Así pasaron varios días, más de
una semana. Una tarde, a la hora de la siesta, religiosa en mi casa, (costumbre
adquirida después de muchos años viviendo en el sur, costumbre que amo y
conservo) abrió, desfachatadamente, sin golpear, la puerta de mi cuarto, y
entró; yo entre despierta y dormida, no sabía si era uno de mis tantos sueños,
hasta que me saludó con un beso, y desperté por completo.
Se la notaba nerviosa, tenía
una sonrisa enorme, puesta en la cara, algo burlona, irónica, así me pareció.
Movía los rulos negros para un lado y para el otro, totalmente alborotados,
hablaba y se reía, a la vez. No recuerdo que decía, lo que si recuerdo es que
mi gran defensa había caído en el preciso instante en que abrió la puerta.
No se quedó mucho tiempo,
estaba apurada. Me pidió, y lo voy a relatar textualmente, porque es algo que
jamás voy a olvidar:
ELLA:
Voy hacer algo, te pido por favor que no hagas nada hasta que yo salga de acá.
YO: ¿Qué vas hacer?
-Voy a estar toda la tarde sola en mi
casa, cualquier cosa que me tengas que decir, o hacer, esperá que me vaya y más
tarde nos vemos
- No te entiendo,
explicame porque me estás asustando. ¿Qué vas hacer?
-Prometeme que no vas hacer nada hasta que yo salga de acá.
Juráme
que me vas a dejar salir sin decir una palabra!
- Está bien, lo
prometo.
-Cerrá
los ojos, y no los abras hasta que no escuches la puerta de calle.
Eso hice.
Unos labios suaves, dulces,
diferentes, se adueñaron de mi boca, la besaron, la acariciaron, la
recorrieron, la mordisquearon; tan ansiados, esperados... y añorados
besos. La dejé hacer, ¿qué más podría haber hecho? Solo sentir, sentir como
entró sin permiso en mi alma y hurgó en cada rincón, con ternura, sabiendo lo
que buscaba..., lo que quería; en un segundo mi armadura, mis dolores y mis
dudas, desaparecieron. Sentir... sentir, y entender, al fin entender que estaba
enamorada de esa mujer, y que ella era mi primer amor, mi sueño tan soñando, mi
primer dolor, mi primer todo. Sin importar que rótulo le pondrían luego.
Felicitaciones!!!! y siguen los exitos, hermosa historia
ResponderEliminarGracias Pao!!!!! Sos mi seguidora número 1 jajajaja bsts
Eliminar